Monday, 30 September 2013

13 cielos




Nota 1: Cuando empecé a escribir esta historia en mi cabeza sonaba Night Time de The XX, para el momento en que decidí terminarla sólo quería oír El Alma y El Cuerpo de Bomba Estéreo. Eventualmente de alguna u otra forma dejó de estar en un plano más allá de la realidad física y terminó siendo la historia de cómo sin oxígeno se apagó el fuego. 

13 son los cielos aztecas y uno sólo el universo, 13 representa la dualidad creadora en la cual toda creación es el resultado de la interposición de opuestos en una especie de fusión del espíritu con la materia. 12 son los pueblos judíos, 13 es Israel. 12 son los apóstoles, 13 es Jesús. 12 son las constelaciones, 13 es el cielo infinito. El 13 es el número que convierte la multiplicidad en la unidad. Viernes es el día de Venus la diosa romana del amor, Friday (y Freitag en alemán) el día de Freya, la diosa nórdica del amor. Viernes 13 de Octubre de 1307 el rey Felipe ordenó el arresto de La Orden de los Pobres Caballeros de Cristo cuando el reino se quedó sin fondos para pagar sus deudas y debía entonces acabar con el banco. Y así desaparecieron de nuestros libros de historia los secretos del templo de Salomón y la consagración del viernes 13, una redundancia en sí.

Echad y Ahavah son un viernes 13, dos números en el espacio infinito de los reales positivos que sumados son la iluminación divina del tetragramaton (26). Aunque los dos pertenecían al cielo número 13 (Ilhuícatl-Omeyocán), el lugar de la dualidad, su historia baja en ocasiones al cielo número 1 (Ilhuícatl-Meztli) el lugar donde se mueve la luna y el más cercano al plano físico y a las pasiones terrenales.

En hebreo las letras tienen valores numéricos por lo que las palabras que suman el mismo número tienen el mismo significado celestial aunque su significado explicito no tenga ninguna relación, ésta es parte de la dualidad creadora propia del idioma. Y esto era lo que pasaba con Ahavah y Echad, eran lo mismo y a la vez todo lo contrario, Echad era un hombre que en secreto añoraba la soledad, Ahavah era una mujer que veneraba la compañía porque emanaba amor sin poder evitarlo. Sus vidas corrían paralelas, siempre siguiendo el mismo camino pero sin cruzarse.

Pero lo que está concebido en el plano astral siempre termina ocurriendo y Echad y Ahavah estaban destinados a encontrarse en una canción y a vivir una pequeña muerte por la electricidad del rayo que les lanzaron los dioses desde Asgard y que recorrió todos sus cuerpos.

Echad conoció a Ahavah un día que bajó de la montaña y ahí fue la primera vez que el destino y el azar se encontraron en un punto fijo del espacio y del tiempo. Pero ahí no pasó nada, la electricidad vendría mucho tiempo después cuando Echad trató de curar a Ahavah de un corazón roto dándole el de él. No fue un proceso fácil, Ahavah quería esperar a que los pedazos de su antiguo corazón se cosieran solos pero Echad conocía a Ahavah lo suficiente para saber que sin corazón se refugiaría en las sombras de la noche y prefirió prestarle el suyo cosiéndoselo en el pecho y guardar el corazón roto en el jardín donde las hadas lo curarían algún día.

Ahavah se quedó con el corazón bueno mientras el dañado se recuperaba, pero al poco tiempo los dos tuvieron miedo, Echad porque ya no tenía corazón y Ahavah porque tenía un corazón que no era de ella. Echad porque tenía la costumbre de estar sólo, de ser uno y no de compartir. Ahavah, porque su naturaleza de venus era de compartirlo todo y no de recibir, por lo que sólo pensaba en devolverlo. Como muestra de qué lo cuidaría como si fuera su propio corazón, Ahavah le dio su alma a Echad, el cual la guardó en el bolsillo izquierdo de su camisa. Pero los corazones son impredecibles y las almas son volátiles.

Sin corazón, Echad pudo bajar al cielo número 1, dónde conoció a la diosa Tlazoltéotl, de la cual creyó enamorarse sin pensar que sin corazón el amor es sólo una ilusión temporal producto del deseo. Tlazoltéotl que sí lo sabía le pidió su corazón para echarlo al fuego y retenerlo para siempre en su mundo. Echad, cegado por lo que creía era amor corrió a pedir de vuelta su corazón. En su afán perdió el alma de Ahavah que se fue volando con el viento y terminó en alguno de los otros 11 cielos.

Cuando encontró a Ahavah le dijo: siento una locura que me desespera, necesito mi corazón de vuelta para poder llegar al nirvana que me prometió Tlazoltéotl.

Ahavah sintió como el corazón que no le pertenecía le palpitaba en el pecho, y como un leve calor le subía por la garganta y terminaba en sus ojos pero lo contuvo, sin corazón las lágrimas arden demasiado y es mejor esconderlas. Había oído muchas veces el mismo dicho de lo que no es de uno, no es de uno. Con tijeras lo corto de su cuerpo, lo devolvió y no quiso saber nada más de él. No tuvo tiempo de buscar el suyo y  sin alma en el cuerpo Ahavah se quemó por dentro.

Echad recorrió las doce casas zodiacales y de todas creyó enamorarse antes de darse cuenta de que lo que lo unía a Ahavah no era el corazón que tenía en las manos, sino que eran un único y mismo número, el trece que unifica la multiplicidad de la energía divina. Echad echó a Ahavah y después la echó de menos.

Con su corazón de vuelta supo que algo le quemaba por dentro, una mezcla entre la energía que emanaba la unión en el plano etéreo entre Echad y Ahavah, con el dolor de haberla perdido a ella, a su corazón y a su alma. Lastimosamente cuando fue a buscarla, Ahavah ya no estaba en el cielo número 13, sin corazón  pudo bajar al cielo número 1 y se dejó llevar por los placeres de la noche.

Nota 2: echad y del ahavah son dos palabras en hebreo que se pueden traducir como “uno” y “amor”, la energía creadora del universo, la unión de opuestos que al unirse se funden en un nuevo ser que ya no es nada de lo que fue sino una entidad distinta, que son dos conceptos diferentes pero que al sumar el mismo número son lo mismo. La energía unificadora del universo es el amor y el jaguar es el chamán. En mi versión original la historia termina aquí, en un amor perdido, pero alguien se interpuso en mi camino para que no fuera así y después de todo, no está en mis manos separar lo que está predestinado por los dioses. 

Los dos se engañaron un poco cuando cada uno dejó ir al otro, Echad porque creía que sólo era capaz de pensar en él, Ahavah porque amaba tanto a los demás que creía que estarían mejor sin ella y prefirió huir. Pero sus mentes ya estaban conectadas en el plano etéreo, habían experimentado pequeñas muertes por fuera del plano físico que los volvían locos y adictos el uno al otro, ya ninguno de los dos era lo que antes fue porque cada uno tenía una parte del otro enterrada en algún lugar del subconsciente. Echad ahora sólo podía pensar en Ahavah y Ahavah no quería volver a amar jamás.

Echad decidió primero buscar el alma de Ahavah porque se sentía culpable de haberla abandonado en el camino, pero las almas son invisibles y el alma de Ahavah tenía la costumbre de callar para escuchar su silencio por lo que Echad no pudo encontrarla cuando la buscó con la mirada ni cuando la llamó. Por suerte, el alma de Ahavah había dejado recuerdos en el tiempo y durante el sueño, cuando la conciencia es libre para hablar abiertamente, le confesó a Echad que la encontraría en la región roja del cielo número 11, la morada del fuego, donde lo esperaba transformada en un fénix.

Con el alma de Ahavah, Echad bajó al cielo número 1 y encontró a Ahavah sonriendo en el jardín de los deseos. Echad solo supo pedir perdón por su error, confesó que sin Ahavah moría un poco cada día. Pero Ahavah sin corazón y sin alma no pudo sentir nada, además la noche la extasiaba, por simple curiosidad le preguntó a Echad por qué había vuelto, Echad sólo supo decir que el hierro al calor es blando. Ahavah quiso huir pero su alma en llamas no la dejó. Dejó que Echad la mirara a los ojos y Echad se derritió por dentro, no pudo evitarlo, tomó su corazón, lo partió en dos y le dio la mitad a Ahavah.

Una vez con corazón, Ahavah tuvo la capacidad de hacer lo que hacen los corazones y seguir sus malas costumbres, olvidó todo lo malo y sólo se acordó de lo bueno. Echad confesó que amaba a Ahavah, Ahavah ya lo sabía, los dos volvieron a ser los mismos que antes, sólo que con un corazón compartido en el cielo de la dualidad, al cielo número 13.








Nota 3: Esta historia es parte de mí, por eso no está escrita para ser entendida fácilmente pero eso no significa que no tenga sentido, el ave fénix reaparece como analogía de la curación de dos corazones heridos, el echad y el ahavah son dos palabras reales, Echad echó a Ahavah y después la echó de menos, y sin alma en el cuerpo me quemo por dentro. 
Nota 4: La segunda versión de esta historia termina entonces con  Lucky Ones de Lana del Rey. 


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