Nota 1: Cuando empecé a escribir
esta historia en mi cabeza sonaba Night
Time de The XX, para el momento
en que decidí terminarla sólo quería oír El
Alma y El Cuerpo de Bomba Estéreo. Eventualmente
de alguna u otra forma dejó de estar en un plano más allá de la realidad física
y terminó siendo la historia de cómo sin oxígeno se apagó el fuego.
13 son los cielos
aztecas y uno sólo el universo, 13 representa la dualidad creadora
en la cual toda creación es el resultado de la interposición de opuestos en una
especie de fusión del espíritu con la materia. 12 son los
pueblos judíos, 13 es Israel. 12 son los apóstoles, 13 es Jesús. 12 son las
constelaciones, 13 es el cielo infinito. El 13 es el número que convierte la
multiplicidad en la unidad. Viernes es el día de Venus la diosa romana del
amor, Friday (y Freitag en alemán) el día de Freya, la diosa nórdica del amor.
Viernes 13 de Octubre de 1307 el rey Felipe ordenó el arresto de La Orden de
los Pobres Caballeros de Cristo cuando el reino se quedó sin fondos para pagar
sus deudas y debía entonces acabar con el banco. Y así desaparecieron de
nuestros libros de historia los secretos del templo de Salomón y la
consagración del viernes 13, una redundancia en sí.
Echad y Ahavah
son un viernes 13, dos números en el espacio infinito de los
reales positivos que sumados son la iluminación divina del tetragramaton (26).
Aunque los dos pertenecían al cielo número 13 (Ilhuícatl-Omeyocán), el lugar de
la dualidad, su historia baja en ocasiones al cielo número 1 (Ilhuícatl-Meztli)
el lugar donde se mueve la luna y el más cercano al plano físico y a las
pasiones terrenales.
En hebreo las letras tienen
valores numéricos por lo que las palabras que suman el mismo número tienen el
mismo significado celestial aunque su significado explicito no tenga ninguna
relación, ésta es parte de la dualidad creadora propia del idioma. Y esto era
lo que pasaba con Ahavah y Echad, eran lo mismo y a la vez todo lo contrario,
Echad era un hombre que en secreto añoraba la soledad, Ahavah era una mujer que
veneraba la compañía porque emanaba amor sin poder evitarlo. Sus vidas corrían
paralelas, siempre siguiendo el mismo camino pero sin cruzarse.
Pero lo que está concebido en el
plano astral siempre termina ocurriendo y Echad y Ahavah estaban destinados a
encontrarse en una canción y a vivir una pequeña muerte por la electricidad del
rayo que les lanzaron los dioses desde Asgard y que recorrió todos sus cuerpos.
Echad conoció a Ahavah un día que
bajó de la montaña y ahí fue la primera vez que el destino y el azar se
encontraron en un punto fijo del espacio y del tiempo. Pero ahí no pasó nada,
la electricidad vendría mucho tiempo después cuando Echad trató de curar a
Ahavah de un corazón roto dándole el de él. No fue un proceso fácil, Ahavah
quería esperar a que los pedazos de su antiguo corazón se cosieran solos pero
Echad conocía a Ahavah lo suficiente para saber que sin corazón se refugiaría
en las sombras de la noche y prefirió prestarle el suyo cosiéndoselo en el
pecho y guardar el corazón roto en el jardín donde las hadas lo curarían algún
día.
Ahavah se quedó con el corazón bueno
mientras el dañado se recuperaba, pero al poco tiempo los dos tuvieron miedo, Echad
porque ya no tenía corazón y Ahavah porque tenía un corazón que no era de ella.
Echad porque tenía la costumbre de estar sólo, de ser uno y no de compartir.
Ahavah, porque su naturaleza de venus era de compartirlo todo y no de recibir,
por lo que sólo pensaba en devolverlo. Como muestra de qué lo cuidaría como si
fuera su propio corazón, Ahavah le dio su alma a Echad, el cual la guardó en el
bolsillo izquierdo de su camisa. Pero los corazones son impredecibles y las
almas son volátiles.
Sin corazón, Echad pudo bajar al
cielo número 1, dónde conoció a la diosa Tlazoltéotl, de la cual creyó
enamorarse sin pensar que sin corazón el amor es sólo una ilusión temporal
producto del deseo. Tlazoltéotl que sí lo sabía le pidió su corazón para
echarlo al fuego y retenerlo para siempre en su mundo. Echad, cegado por lo que
creía era amor corrió a pedir de vuelta su corazón. En su afán perdió el alma
de Ahavah que se fue volando con el viento y terminó en alguno de los otros 11
cielos.
Cuando encontró a Ahavah le dijo:
siento una locura que me desespera, necesito mi
corazón de vuelta para poder llegar al nirvana que me prometió Tlazoltéotl.
Ahavah sintió como el corazón que
no le pertenecía le palpitaba en el pecho, y como un leve calor le subía por la
garganta y terminaba en sus ojos pero lo contuvo, sin corazón las lágrimas
arden demasiado y es mejor esconderlas. Había oído muchas veces el mismo dicho
de lo que no es de uno, no es de uno. Con tijeras lo corto de su cuerpo, lo
devolvió y no quiso saber nada más de él. No tuvo tiempo de buscar el suyo
y sin alma en el cuerpo Ahavah se quemó
por dentro.
Echad recorrió las doce casas
zodiacales y de todas creyó enamorarse antes de darse cuenta de que lo que lo
unía a Ahavah no era el corazón que tenía en las manos, sino que eran un único
y mismo número, el trece que unifica la multiplicidad de la energía divina.
Echad echó a Ahavah y después la echó de menos.
Con su corazón de vuelta supo que
algo le quemaba por dentro, una mezcla entre la energía que emanaba la unión en
el plano etéreo entre Echad y Ahavah, con el dolor de haberla perdido a ella, a
su corazón y a su alma. Lastimosamente cuando fue a buscarla, Ahavah ya no
estaba en el cielo número 13, sin corazón pudo bajar al cielo número 1 y se dejó llevar
por los placeres de la noche.
Nota 2: echad y del ahavah son dos
palabras en hebreo que se pueden traducir como “uno” y “amor”, la energía
creadora del universo, la unión de opuestos que al unirse se funden en un nuevo
ser que ya no es nada de lo que fue sino una entidad distinta, que son dos
conceptos diferentes pero que al sumar el mismo número son lo mismo. La
energía unificadora del universo es el amor y el jaguar es el chamán. En mi
versión original la historia termina aquí, en un amor perdido, pero alguien se
interpuso en mi camino para que no fuera así y después de todo, no está en
mis manos separar lo que está predestinado por los dioses.
Los dos se engañaron un poco cuando cada uno dejó
ir al otro, Echad porque creía que sólo era capaz de pensar en él, Ahavah
porque amaba tanto a los demás que creía que estarían mejor sin ella y prefirió
huir. Pero sus mentes ya estaban conectadas en el plano etéreo, habían
experimentado pequeñas muertes por fuera del plano físico que los volvían locos
y adictos el uno al otro, ya ninguno de los dos era lo que antes fue porque
cada uno tenía una parte del otro enterrada en algún lugar del subconsciente.
Echad ahora sólo podía pensar en Ahavah y Ahavah no quería volver a amar jamás.
Echad decidió primero buscar el alma de Ahavah
porque se sentía culpable de haberla abandonado en el camino, pero las almas
son invisibles y el alma de Ahavah tenía la costumbre de callar para escuchar
su silencio por lo que Echad no pudo encontrarla cuando la buscó con la mirada
ni cuando la llamó. Por suerte, el alma de Ahavah había dejado recuerdos en el
tiempo y durante el sueño, cuando la conciencia es libre para hablar
abiertamente, le confesó a Echad que la encontraría en la región roja del cielo
número 11, la morada del fuego, donde lo esperaba transformada en un fénix.
Con el alma de Ahavah, Echad bajó al cielo número
1 y encontró a Ahavah sonriendo en el jardín de los deseos. Echad solo supo
pedir perdón por su error, confesó que sin Ahavah moría un poco cada día. Pero
Ahavah sin corazón y sin alma no pudo sentir nada, además la noche la
extasiaba, por simple curiosidad le preguntó a Echad por qué había vuelto,
Echad sólo supo decir que el hierro al calor es blando. Ahavah quiso huir pero
su alma en llamas no la dejó. Dejó que Echad la mirara a los ojos y Echad se
derritió por dentro, no pudo evitarlo, tomó su corazón, lo partió en dos y le dio
la mitad a Ahavah.
Una vez con corazón, Ahavah tuvo la capacidad de
hacer lo que hacen los corazones y seguir sus malas costumbres, olvidó todo lo malo
y sólo se acordó de lo bueno. Echad confesó que amaba a Ahavah, Ahavah ya lo
sabía, los dos volvieron a ser los mismos que antes, sólo que con un corazón
compartido en el cielo de la dualidad, al cielo número 13.
Nota 3: Esta historia es parte de mí, por eso no está escrita para ser entendida
fácilmente pero eso no significa que no tenga sentido, el ave fénix reaparece
como analogía de la curación de dos corazones heridos, el echad y el ahavah son dos palabras reales, Echad echó a Ahavah y después la echó de menos, y sin alma en el cuerpo
me quemo por dentro.
Nota 4: La segunda versión de esta historia termina entonces con Lucky Ones de Lana del Rey.

