Pablo,
un noble cristiano de un país colonizado siglos atrás, estaba seguro de que
pronto sería el fin del mundo. En un pequeño pueblo en la costa de su país
tropical un puente se había caído, de la nada, como por arte de magia, dejando
al pueblo incomunicado y a miles de muertos y heridos. El pobre Pablo, siempre
muy creyente por influencia de mamá, había rezado todas las mañanas repitiendo
salmos bíblicos, tal como lo hacía su tío abogado con el código penal, por las
víctimas de tan terrible tragedia. Le preocupaba no sólo que muchos hubieran
muerto misteriosamente, sino que además, los que quedaron no tenían como
recibir provisiones ni comida. Era un pueblo que antes (y después) de la
tragedia había estado olvidado por el estado, una tierra al occidente (siempre
bajo el prejuicio de la siniestra izquierda), cerca de un océano frío donde la
gente era feliz sin explicación alguna. No había servicios públicos ni
autoridades, ni servicios médicos, ni empresas porque no había nada que explotar.
En las
noticias del medio día había visto la noticia del puente caído de Mandalá, el
que se cayó porque sí, de la nada, un día de tráfico normal, en el que pasaban
dos mulas y un Renault 4. Mostraron a todo el pueblo, primero indignado,
después bailando en trajes folclóricos, y luego a un gato en Rusia adicto a
succionar una aspiradora (único gato en el mundo que no teme a las
aspiradoras) pero no apareció el Alcalde ni el Gobernador ni el
responsable.
Pobre
Pablo limitado por su alto nivel de civilización, no entendía lo que no podía
encontrar en googley le dolía la cabeza de pensar en los habitantes de Mandalá
condenados a vivir y a morir en el infierno, aislados de la tecnología, de las
palabras del Padre Evaristo (amigo de la familia) y a ver todas las noches las
novelas nacionales. Decidió entonces unirse al grupo de evangelizadores y
voluntarios que arriesgarían sus vidas llevando provisiones a Mandalá y que
obtendrían un lugar en el cielo al santificar sus vidas a través del trabajo
diario.
Empacó
dos maletas con todo lo necesario: una biblia, un rosario, una foto de mamá,
una foto de papá, un iPad con todas las instrucciones de cómo mochilear en el
Pacífico (que se descargó antes de llegar y que no pudo volver a usar porque no
había electricidad), una revista de farándula (porque era de esas personas a
las que a través de choques eléctricos y exceso de televisión les inculcaron un
profundo miedo a los libros y las ideas), un panfleto con las ideas del procurador
Ordoñez que planeaba repartir y una camiseta con la cara de su ídolo: un tal
Guerlain.
Después
del viaje más largo de su vida sin celular o conexión a internet, y ya
superando el periodo de abstinencia a los tweets de Kim Kardashian, una hora en
avión, tres en bus y ocho en mula, llegó al lugar de la tragedia.
Pobre
Pablo vio lo que nunca había visto con sus propios ojos: la realidad de la mayoría de su país tropical que para él era,
hasta ahora, un vividero delicioso. Se sintió honrado de conocer al
alcalde en persona y presenciar uno de sus discursos mientras el pueblo
aplaudía eufórico.
Tan
pronto llegó sintió la leve picadura de algún malévolo insecto tropical
hambriento de sangre fresca. Dado que este tipo de sucesos le producían una
fuerte alergia y no encontró una loratadina, decidió tomar uno de los dolex
azules que cargaba Rafa, uno de sus compañeros de viaje, en su mochila.
Unas
horas después sintió cómo se contagiaba de alguna extraña enfermedad tropical
que agudizaba sus sentidos y le permitía ver cómo la cara del alcalde se
transformaba lentamente, a través de una metamorfosis indolora, en la de una
especie de rata. Se asustó un poco, decidió repetir palabras para purificarse y
acercarse al río para refrescarse. Desde ahí pudo ver el puente más de
cerca y notó lo frágil que era aquel puente casi nuevo. Pese a que
generalmente no gustaba de pensar mucho las cosas o cuestionarse, se preguntó
dónde estaban los mil quinientos millones que costó el proyecto y lo que
cobraba el peaje antes de cruzar.
Dado
que la sacra familia de Pablo pertenecía a la clase política lograron que la
cruz roja entregara casi un tercio de lo que habían recibido para los
damnificados de la tragedia y que un antiguo candidato presidencial fuera a la
región a pronunciar un discurso. Gran político y líder sindical, logró exaltar
los ánimos de los mandaleños: “todos los políticos son unos mentiroso,
pero yo sólo digo la verdad, y aquí vamos a construir un nuevo puente, una
nueva escuela y a traer servicios públicos.” La nueva
enfermedad de Pablo le permitió ver la cara de serpiente que tenía este
pudiente representante del pueblo y las de hienas que tenía su séquito de apoyo
político mientras reían al pensar cómo iban a repartirse las tajadas cuando
ganara las elecciones.
Durante
las dos primeras semanas que Pablo vivió en Mandalá su problema de visión
pareció agudizarse, hasta el punto que todos en el pueblo tenían cara de
animales: muchos eran simples ratoncitos, había varios micos avivatos de los
que nunca pagaron un peaje, el grupo de religiosos con los que venía eran
simples ovejas siguiendo al cura José Obdulio (un chacal), y en general pasaron
numerosos políticos haciendo campaña con cara de cerdo, cóndor, jabalí y rata.
Pronto logró acostumbrarse a que todas las personas tuvieran facciones salvajes
y a reconocerlos unos de otros, pero entonces su sentido de la realidad
empezó a transformarse y sus puntos de vista con respecto a la religión, la
política y la vida en general cambiaron completamente.
Desde
la picadura, Pablo siguió sintiendo un profundo dolor de encéfalo, que también
podría ser consecuencia de un arraigado sentimiento de culpa que le dejó la
religión católica, que lo obligaba a tomar ocasionalmente uno de los dolex de
Rafa, y según recomendaciones de éste, fumarse algo de vez en cuando como
terapia para el dolor como hacían en Holanda. Poco a poco se hicieron mejores
amigos y para Pablo era increíble que Rafa fuera uno de los pocos en Mandalá
que en ocasiones volvía a ser Rafa, aunque normalmente por las noches se
convertía en un león, con una melena de rastas.
Tras
tres largos meses en Mandalá, cuando su misión había concluido porque se
vencieron los términos, el pueblo no había cambiado mucho, el puente nuevo
todavía no existía pero se había construido uno provisional de paja y algún
miembro del concejo del pueblo dotado de gran inteligencia propuso secar el
río. Afortunadamente en este país nunca hay quórum para pasar leyes nuevas por
lo que el río siguió su curso normal y sin cambios como siguió la vida en
Mandalá. Al final, algunos aceptaban que si habían podido vivir sin puentes
antes también podrían hacerlo ahora. No obstante, Pablo ya estaba demasiado
arraigado en Mandalá, por lo que el día que se fueron todos los voluntarios
decidió con Rafa que debían quedarse y cambiar las cosas.
Tras
una corta investigación descubrió que los encargados de planear las obras
públicas eran los miembros del concejo del pueblo y que para entrar los únicos requisitos para entrar eran ser
mayor de 25 años, haber nacido en el territorio nacional y haber terminado el
bachillerato. Pablo pensó que eran pocos, pero en este estado social de derecho
ni la educación ni la edad son factores relevantes a la hora de escoger
mandatarios, como tampoco lo es la moral. Dado que cumplía con todos estos
requisitos, Pablo, con el apoyo de Rafa y algunos nuevos amigos,se lanzó al
concejo, el cual, por las precarias condiciones regionales, funcionaba en un
antiguo parque de diversiones que años atrás quedoó a medio construir por
manejos irregulares y que venía con carrusel incluido.
Dado
que era un pueblo pequeño no necesitaba muchos votos y la campaña de Rafa
resultó ser altamente efectiva. Rafa comprendió que la mejor forma de hacer
campaña era por medio de carteles con dibujos, puesto que en Mandalá muchos no
sabían leer, y los que lo hacían no entendían frases con más de 11 palabras o
tenían lapsos de atención menores a un minuto. El pueblo lo que quería era
diversión e ideas cortas, y eso fue lo que hicieron: una campaña de fiestas,
comida, videos animados sobre cómo los habían estado robando por años y
caricaturas que todos podían entender.
Finalmente
Pablo se convirtió en representante al concejo y tomó su curul en el carrusel.
Aunque ya lo sabía, todos los días se sorprendía de ver que de los 50
concejales que tenía Mandalá, sólo había visto a 9 y hablado con 5: un buey, un
conejillo de indias, una lagartija, un burro y un pato,(;) los otros 4 eran
unos gatos que no aportaban mucho a las discusiones que se llevaban a cabo en
las plenarias, pero por ellos se enteró que existen conejos en todos los
proyectos, que unos cuantos chacales logran aprobary que de los mil quinientos
millones en el puente solo se habían invertido trescientos; que nunca hubo una
licitación sino que la decisión sobre quién construiría el puente dependía de
quien había financiado la campaña del alcalde, que los materiales con los que
construyeron los trajeron de China por ser más baratos, que en este país el más
vivo es el que no paga entonces muchos nunca pagaron un peaje y que si a
alguien de verdad se le hubiera aparecido Chavéz en un sueño sería en forma de
lagarto y no de pájaro.
Así
como que no se había construido un nuevo puente para reemplazar el anterior
porque desde que empiezan las campañas todos los políticos dejan de trabajar, y
es parte de su estrategia dejar proyectos a la mitad para que los vuelvan a
elegir. Y que la mayoría de concejales faltaban simplemente porque estaban
enfermos de la angustia al estar siendo investigados por
la fiscalía. Por lo tanto, también tenían que calcular cuánto dinero
debían robar para vivir cómodamente una vez los mandaran de vacaciones a Tolemaida.
Ésta siempre es una tarea difícil para los que no saben mucho sobre interés
compuesto y para los que en general no saben sobre nada que esté escrito y por
eso se cuidan y no dejan nada escrito.
El día
que finalmente estuvieron casi todos los concejales en una plenaria, Pablo vio
que la mayoría tenían cara de ratay que se odiaban a muerte con los gatos. Por
este motivo, Pablo, que ahora también tenía rastas porque no le gustaba lavarse
la cabeza con agua fría, se amistó con los gatos y se convirtió en una especie
de rey de la selva entre los representantes al concejo.
Los
gatos lograron sacar suficientes ratas del concejo, bien fuera por
intoxicación, mordeduras, aruñazos, o simplemente por inspirarles miedo, para
que fuera necesario que volviera a haber elecciones. El alcalde, por su parte, se
encontraba en medio de una incapacidad viajando en su avión privado (pagado por
el estado a islas Caimán, por lo que se tomó mucho tiempo en volver y
darse cuenta de cómo había cambiado su pueblo.
El
mismo día que el alcalde volvió fue destituido, y aunque muchos querían que
Pablo fuera alcalde, tanto él como Rafa sabían que habían cumplido su misión:
cambiar a Mandalá y devolverle su puente, el cual finalmente fue reconstruido,
por lo que era momento de partir.
Volver
a la capital no fue fácil, especialmente porque era una versión mil veces más
grande de Mandalá, había demasiadas bestias y muy pocos unicornios, por lo que
Rafa y Pablo compraron cada uno una moto, dos maletas y dos mochilas nuevas,
unas cuantas cajas de dolex y se fueron a recorrer el país en busca de más
Mandalás.